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Selección de Textos publicados sobre la obra de Evaristo Guerra

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LA SOMBRA DE LOS DELICADÍSIMOS MISTERIOS (Camilo José Cela)

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UN MODO DE MIRAR AL MUNDO (Manuel Alcántara)

Fragmento del paño 3 pintado en la Ermita de la Virgen de los Remedios

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LA SOMBRA DE LOS DELICADÍSIMOS MISTERIOS 

(Camilo José Cela)

Fra Angélico acertó a pintar el leve suspiro del alma de los querubines que sonríen la Anunciación ante la Virgen, el lirismo y poético temblor de la libélula enamorada de su sombra en vuelo y en equilibrio, el vagaroso resplandor de la luna propiciadora de los más huidizos y delicados lances de la memoria de todas las melancolías: las gratas, las sencillísimas y las que se pueden disolver en una lágrima color de rosa. Fra Angélico adivinó que la dulce nostalgia se pinta siempre con alas de color pastel.

Evaristo Guerra pinta sus aladas geometrías, sus campesinas y marineras y meridionales geometrías mojando el pincel en los colores que le sirven los ángeles del cielo, sus deleitosos cómplices iluminados y delicadísimos, de ahí la diáfana sencillez de sus tierras, sus mares y sus cielos, también sus árboles, sus flores y sus fantasías.

Evaristo Guerra, apoyándose en su sabia imaginación, pinta desde la niñez y el mundo prepoético de los insectos, los sueños más diáfanos y sobrenaturales y de más rigurosa clave, y la geometría que subyace como una declaración de amor en la poesía más hermética y quintaesenciada.

Evaristo Guerra, este hombre que refleja delicadísimos misterios y pacientes sosiegos materiales e incorporales, pinta el campo con los colores del cielo y en consecuencia y para confundir a los profetas, a los poetas y a los historiadores, viste a los árboles de arcángeles, a los naranjos y a los algarrobos, a las matas de ángeles, a las adelfas y a las azaleas, a las flores de serafines, a las rosas y a las violetas, y a las yerbas mansas o bravas de querubines. Decía Jacques Maritain que si el diablo se arrepintiera, sería inmediatamente perdonado. La pintura de Evaristo Guerra, como la de Fra Angélico, la de Patinir o la de algunos flamencos muertos en la juventud, se muestra nimbada de un suavísimo halo de arrepentimiento que la hace inmune a la presencia del diablo: de ahí su inmediata y elemental grandeza.    

                                                  

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UN MODO DE MIRAR AL MUNDO

(Manuel Alcántara)

NO se lo ha contado a nadie, sin duda por modestia, pero cuando termina de pintar un cuadro le florecen los pinceles. Evaristo Guerra, con su aire de místico sufí, quizá sea un persa rezagado, una sílaba de sangre árabe, un terrón vivo de tierra de la Ajarquía. Tiene, además, un privilegio que, como todos los dones, es de estirpe divina: ver las cosas siempre por primera vez. Sale al campo —a veces es el campo el que entra en él— y lo contempla como recién hecho. Percibe el mensaje del espliego, la densidad de las encinas ensimismadas y el enigma del espacio. Se da cuenta entonces de que la hermosura del mundo, la famosa "maravilla de la creación", aumentaría con ciertas rectificaciones. En ese momento, Evaristo Guerra se dispone a corregir el mundo.  

Habló Borges, cuando aún no había llegado a serlo, de que existen dos estéticas: la pasiva de los espejos y la activa de los prismas. Con la segunda, el arte se redime de las servidumbres de la objetividad y forja visiones personales. No puedo decir que eso es lo que ha pretendido hacer Evaristo, ya que estoy convencido de que lo ha hecho sin pretenderlo. Mirándolo todo como si fuese la primera vez que veía las mismas cosas, este singularísimo artista ha logrado algo muy difícil: parecerse a él. Quiero decir que si alguien entrase en una sala donde hubiera cien cuadros y, entre ellos, uno suyo, lo reconocería inmediatamente. No se trata de definir algo como mejor o peor, que son dos palabras terribles y casi siempre impropias cuando se habla de arte, sino de impronta, de sello, de huella digital, de marca registrada. En resumidas cuentas, de originalidad, vocablo que etimológicamente viene de origen. En este sentido, nadie más original que Evaristo Guerra: su pintura es oriunda de una tierra y sería distinta de haber nacido en otra.

Desde sus esforzados principios, el gran pintor veleño ha sido leal a su atmósfera. En sus años de crisálida ya sospechó que no hay que intentar ser más moderno ni más clásico, sino más hondo. Por eso hace excavaciones en él mismo y bucea en su propia alma. Soy un orgulloso testigo de su trayectoria, ya que le conocí siendo un muchacho. Pintaba por aquel remoto entonces interiores con ventanas que daban al campo, ese campo donde siempre es primavera. También pintaba eras amarillas, como monedas de un sol caído, y aperos de labranza y yuntas y carruajes. Se adivinaba en él quién iba a ser, quién ya estaba siendo. Luego vinieron los premios, las estimaciones críticas y los reconocimientos del público en general, que  quizá sea lo que más importa. A todo ha correspondido Evaristo Guerra con un mayor esfuerzo, con una dedicación más obsesiva y, sobre todo, con una fantástica progresión. Su modo de mirar el mundo es el mismo, pero puede decirse que ahora ve más. Más y mejor. Variaciones sobre el mismo tema infinito: no sólo el campo, sino su amor al campo. Mezcladas ambas cosas, el resultado es un paisaje trascendido, que ya se sabe que muchas veces el paisaje es un estado del alma. Como Pablo Neruda, sólo que con la luz y el color, Evaristo Guerra hundió su mano "en lo más genital de lo terrestre". Atrás queda aquella época que, sin embargo, ha sido necesaria para esta. Para definir en sus cabales proporciones al inconfundible paisajista, al detective de atmósfera, al cónsul de las cortijadas de la Andalucía Oriental. Perdido y hallado en su propio bosque, pienso que a veces Evaristo tiene un cierto reparo de ser el autor de sus cuadros.

Presentes sucesiones de un pintor vivísimo que parece proponerse en cada cuadro regalarnos algunas hectáreas de felicidad. Lejos queda aquella época en la que oía campanas y sabía dónde: sonaban en el convento de las Claras, cerca de la calle de las Tiendas, donde hay un balcón donde se asoma una Virgen. Como entonces, Evaristo Guerra sigue partiendo de lo más cercano hacia lo más universal, que no importa empezar a ver el mundo por un agujero y luego procurar ensancharlo para que el mundo quepa en él. Lo importante, en todo caso, en la manera de mirarlo: como si estuviese recién hecho y tan limpio y tan puro y tan fragante, que nadie mereciera habitarlo, ni entrar en las casas asediadas por las vides y por las flores. Un mundo con la huella del hombre, pero sin el hombre, o bien poblado por gentes invisibles que se guarecen en casas bajas, junto a una torre. Un mundo creado por Evaristo, pastor de olivos, hermano de las amapolas, capitán de los almendros. Algún día, si somos buenos, nos será permitido empadronarnos en uno de estos cuadros.

 

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